StoryPics London I

 

© a.l.,2014Als Samuel Schwartz nach fast zwei Jahrzehnten wieder vor dem Laden seines Vaters stand, wollten sich keine sentimentalen Gefühle einstellen. Nicht nur der Laden war verlassen. Fast alle Gebäude in der Straße schienen unbewohnt.

P1040751Die frühen Arbeiten der im Untergrund tätigen Künstlergruppe Flash Trash zeichneten sich dadurch aus, wie subtil sie sich ins Stadtbild einfügten. P1040730Bald entstanden aufwändigere Installationen aus unterschiedlichsten Materialien. Die Gruppe geriet dadurch zunehmend ins Visier der städtischen Ordnungsbehörden.

P1040728Abfalltüten blieben ein Markenzeichen der Gruppe, die sich nicht nur in künstlerischer, sondern auch in politischer Hinsicht radikalisierte. Erklärtes Ziel war die weltweite Verordnung des allgemeinen und verbindlichen Recyclings aller Materialen. Samuel Schwartz gehörte zu den Rädelsführern der ersten Stunde, dessen Spur sich inzwischen wieder verloren hat.

 

Agatha-Christie Krimipreis: Heute hier, morgen Mord

Eben erschienen: Das Buch mit den für den Agatha-Christie-Krimipreis nominierten Einsendungen 2014 bei S.Fischer als Taschenbuch und als Fischer E-Book.

Darin findet sich mein Text  „Unaussprechlich“ (Hommage an Margaret Thatcher):

Die Vorstellung bereitet mir großes Vergnügen, wie Sie, mein verehrter imaginärer Leser, mit Ihrer Mitwisserschaft zurechtkämen, würden Sie diese Aufzeichnungen jemals zu Gesicht bekommen. Möglich, dass Sie daran dächten, die Behörden zu informieren. Viel wahrscheinlicher wäre es jedoch, dass Sie das soeben Festgehaltene für einen absonderlichen Auswuchs meiner schriftstellerischen Fantasie hielten. Sie würden die Idee als vollkommen absurd verwerfen, dass ein derart planvolles Vorgehen in der wirklichen Welt so lange unentdeckt bliebe.
Aber glauben Sie mir: Sie irren sich.“

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„Unaussprechlich“ in der Vorauswahl für den Agatha-Christie-Preis

„Unaussprechlich“ – meine Erzählung über einen Mann, der ein geheimnisvolles Doppelleben führt,  wurde laut Mitteilung aus dem S.Fischer Verlag für den Agatha-Christie-Preis 2014 nominiert.  Ich freue mich sehr und bedanke mich bei der Jury und den Veranstaltern.

„Nur durch eine halboffene Tür, welche zu den rückwärtigen Zimmern führte, fiel Licht in einen großen Raum, dessen Wände bedeckt waren mit einer umfangreichen Gemäldesammlung. Die Bilder stellten allesamt menschliche Gesichter dar – Männer, Frauen, Kinder – deren Blicke das Zwielicht durchdrangen und sich allein auf mich, den Eindringling, zu heften schienen. Eine Frau hatte es sich dort auf einem Sofa bequem gemacht, die schlanken, sehr schönen Beine seitlich untergeschlagen. Ihr glattes, kurzgeschnittenes Haar schimmerte silberblond, sie hielt den Kopf zur Seite geneigt, als würde sie auf etwas lauschen, auf eine Melodie vielleicht, oder auf die Stimme von jemandem, der aus einem der hinteren  Zimmer nach ihr rief – ich hätte es nicht sagen können.“

In Greenway, Agatha Christies Haus bei Torquay, England. Foto: A.L., 2012
In Greenway, Agatha Christies Haus bei Torquay, England. Foto: A.L., 2012

Der Agatha-Christie-Preis wird 2014 wieder gemeinsam vom Krimifestival München, der Buchhandlung Hugendubel, dem FISCHER Taschenbuch Verlag und (erstmals) dem Magazin ›Für Sie‹ vergeben. Dieses Jahr gab es über 600 Einsendungen zum Motto »Heute hier, morgen Mord«. Die Jury – bestehend aus Jörg Maurer, Nina Hugendubel, Sabine Thomas, Susanne Walsleben und Cordelia Borchardt  – hat aus diesen Einsendungen die 25 besten ausgewählt, die sowohl in einer Anthologie des FISCHER Taschenbuch Verlages als auch in digitaler Form veröffentlicht werden. Natürlich sind die Chancen auf einen Preis immer noch recht überschaubar – schließlich stehen weitere 24 Geschichten begabter und renommierter Kollegen auf der Liste – aber hoffen darf man ja bis zuletzt 😉 :
Die drei Preisträger des Agatha-Christie-Krimipreises 2014 werden am 24. März während des Krimifestivals München auf der Preisverleihung in der Juristischen Bibliothek München bekanntgegeben.

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Agatha Christie – Familienbilder Foto: A.L.

Erbarmungslos gut: „Die Letzte macht das Licht aus“

Kürzlich ist im Schwäbischen Tagblatt (20.6.2013) eine schöne Rezension zur Krimianthologie „Die Letzte macht das Licht aus“  erschienen – der (so der Klappentext) „ultimativen Sammlung von kriminellen, unerhörten, humorvollen und auch tragischen Geschichten rund ums Älterwerden“. Auch das Tagblatt bestätigt, es handle sich „tatsächlich“ um „eine skurrile Mischung auf hohem Niveau“.

In der Rezension heißt es weiter:

„Anke Laufer, eine Meisterin der genauen Beobachtung und bildhaften Sprache, liefert mit „Strandköniginnen“  das beklemmende Vermächtnis zweier Zwillingsschwestern, die über die Demenz hinaus und bis in den Tod hinein ein grässliches Geheimnis mit sich tragen. Mit unglaublichem situativem Detailreichtum erzeugt die Autorin eine emotionale Dichte, die einen erschaudern lässt (…) Bitte nicht weitererzählen, möchte man der Erbarmungslosen zurufen. Aber bevor dies geschieht, ist der letzte Satz schon gelesen.“

„Die Letzte macht das Licht aus“ , Edition ViaTerra, Aarbergen, 2013.  280 Seiten,

Hrsg. Mechthild Zimmermann, Antje Fries

aktuell: eine weitere Veröffentlichung der Story „Strandköniginnen“ wird es im Oktober 2013 in der Schweizer Literaturzeitschrift entwürfe geben.

a.l.,2010

Empalme en el laberinto (cuento traducido)

En el horizonte, se condensa la última luz del día. La oscuridad ya inunda las tierras macizas en las profundidades, cuando, de pronto, aparece la ciudad: esparcida en la inmensidad, un cúmulo de estrellas. Al aterrizar, las señales de luz comienzan a estirarse,  luego a fluir. El tráfico nocturno pulsa por sinuosos carriles. Se van vislumbrando las hileras de los techos, filas de manzanas, estructuras de concreto, ladrillos y asfalto. Quebradas, puntos ciegos, precipicios, barrancos.

El portero bigotudo del hostal Oriente lo condujo a la habitación, corrió las cortinas hacia el costado señalándole el panorama. Apenas estuvo solo, Antonio se dejó caer sobre la cama con la manta ocre de flecos. Su jefe había dicho que él venía de allí, que esto significaba una fortuna para la empresa y para él, Antonio, un salto en la carrera. Al cuerno, hubiera respondido casi, si ni siquiera siento amor por ese país. Instantáneamente, se le vinieron a la cabeza los viajes de vacaciones con sus padres. Primero las carreteras, horas y horas, y después,  los parientes desvanecidos a lo largo del año hasta parecer extraños. El calor que aumentaba el agobio de todo ese tufo familiar: una mezcla rara entre fragmentos de recuerdos, melancolías, obligación y subordinación. Tenía que sacrificar sus vacaciones de verano para eso, mientras que sus compañeros de la escuela le mandaban tarjetas postales de todas partes. Él no mandaba ninguna, le avergonzaba la monotonía.

Por más de tres décadas, su padre había currado en la cadena de montaje de Opel en Rüsselsheim. Aun así, renovaba la promesa, después de cada misa dominical en la misión española, en todas las malditas Fiestas de Navidades en el Club Español: Se regresaría a la patria. Cuando se tenga el porvenir asegurado, algún día.

Y ahora, era justamente él mismo, el que volvía.

España nunca le pareció tan fría. Hace días, había un área de presiones atmosféricas bajas sobre el golfo de Vizcaya que generaba aguanieve en Madrid. No obstante, como no quería ser un aguafiestas, permitió que sus compañeros de trabajo lo llevaran después del primer día de trabajo a donde quisieran. Lo arrastraron de bar en bar, de una taberna a la otra. Se dió cuenta de que en esta ciudad había que gastar un dineral para quedarse sin hambre comiendo tapas comunes y corrientes, cuyo sabor no le llegaban ni a los tobillos a las de su madre. El vino empezó a atolondrarlo y a adormecerlo. No tardó en buscar un pretexto para despedirse pero no se le ocurría ninguno.

Al final, cayeron en el „Museo del Jamón“, un local en el que las oscuras piezas de jamón serrano cubrían las paredes, una pegada a la otra, hasta arriba, bajo el alto techo. El aire estaba saturado de su aroma, el suelo, como en todas las demás tascas de la ciudad, aborratado de servilletas de papel y mondadientes. Los compañeros se fueron sentando en los taburetes a lo largo de la barra. Alguien pasó con una bandeja de prisa detrás de la hilera de espaldas de hombres, Antonio alcanzó a echar un vistazo sobre el cabello negro que caía sobre hombros delgados como un manto brillante. La aparición se desvaneció entre cuerdas con perlas multicolores que disimulaban la entrada de la cocina.

Que pida „pata negra“, es fabuloso, inigualable y sin par, caro, eso sí, hasta cien euros por kilo, gritó el tipo del controlling hacia su dirección, por encima de unas cuantas cabezas. Habían sido presentados, pero Antonio tenía una memoria miserable para recordar nombres. ¿Por qué „pata negra“, a qué se refiere esa denominación, a una manera especial de ahumarlo?, alegó devolviendo el grito, por encima del tumulto, en el fondo, la cuestión no le interesaba demasiado.

Después de eso, los compañeros empezaron a hablar todos de un golpe, tanto el uno como el otro sintió la urgencia de aleccionarle, su desconocimiento pareció indignar a todos por igual. No, al jamón se lo elabora con la salazón antes de curarlo, es que proviene de una raza de cerdos en particular, semisalvajes, magros y musculosos. Los cerdos comen lo que encuentran en el bosque, bellotas, hojas, caracoles, raíces, lombrices y pastos.

Pasan una vida de maravillas, esos malditos cerdos, pero me puedes creer, eso se percibe en su sabor, comentó su vecino de taburete. Los demás asentían, en eso, evidentemente, coincidían, uno que otro chasqueó la lengua pleno de placer. Después de todo, el tipo del controlling vociferó:

̶  ¡Rosario! Dame una cerveza, Rosarito, mi chiquilla.

Ahi estaba, la desvanecida de antes, la del cabello negro azabache. Sus ojos oblicuos estaban concentrados y serios. Mientras atendía los pedidos, se quitó con el dorso de la mano un mechón húmedo de la cara, delgada y oscura, profunda y ensimismada. Eso, a Antonio, le dió en medio del corazón.

Llegó el fin de semana: dos hojas blancas, inmaculadas en su agenda. Iba a llegar el momento en que debería ponerse a mirar pisos. Pero no enseguida. El viernes por la tarde, fue al „Museo del Jamón“ solo. Le hizo el pedido a Rosario y comió haciendo bocados pequeños, se quedó sentado por mucho tiempo, tomando vino y observando como ella iba y venía entre las mesas. En eso, se puso a pensar que le encantaría pasar días enteros sin hacer nada en esa mesa, tomar vino y observar cómo Rosario esperaba con el semblante serio el pedido de los huéspedes, balanceaba platos y copas sobre la bandeja, cambiaba los manteles y volvía a poner las sillas vacías en su lugar.

Al cabo de casi dos horas, ella se le acercó.

No sonreía, sólo pidió poder hacerle la cuenta.

̶  Una compañera me releva  ̶  , le dijo, ya que él no reaccionó de inmediato, sino que se quedó mirándola sin mover los ojos.

Le dió una propina generosa, decepcionado, porque no tenía ni idea, qué otra cosa podría haber hecho. Afuera, se quedó parado unos minutos, indeciso, en el cordón de la vereda. Aun antes, de que él  tuviera en claro que la estaba esperando, ella salió por la puerta balanceando una bolsa de plástico en la mano de aquí para allá como los niños sus bolsitos de deportes. No se fijó en él, al cruzar la calle, esquivó con un salto un taxi que venía a toda velocidad y se metió entre el gentío de transeúntes en la Puerta del Sol. Le costó no perderla de vista.

Ella se deslizó por un callejón angosto y recién se detuvo cuando alcanzó la explanada delante del edificio de un antiguo monasterio. A la luz de los faroles, su cabello brillaba como un oscuro espejo. Sobre la rejilla de un canal de aire, entre los arriates de boj, había un perro acostado junto a un hombre envuelto en mantas, que obviamente dormía. Cuando ella chifló despacito entre los dientes, el animal se incorporó y dió un salto por encima de los arbustos para acercarse a ella en un trotecito. Su pelaje relucía amarillo neón bajo la luz artificial. De golpe, Rosario volvió la cabeza mirando hacia Antonio.

̶  Puedes venir. Pero no me asustes al perro.

Qué tontería, pensar que ella no se daría cuenta que él la perseguía. Ahora, su primer impulso  era, darse vuelta sin más y salir corriendo. Sin embargo, mientras que ella sacaba cortezas de jamón y lonjas de grasa de la bolsa y se las tiraba al perro, reconoció, que haciendo eso, se pondría aún más en ridículo. Por lo tanto, se acercó a ella. El perro levantó la cabeza y se puso a gruñir.

̶  No le gusta la gente. Pero tampoco podría subsistir sin ella. A mí me pasa lo mismo –, dijo sin levantar la mirada.

̶  ¿Y el dueño? ¿No tiene hambre?

̶  Está borracho. Siempre está borracho. ̶  Recién ahora enfrentó su mirada en Antonio.

̶  ¿Y? ¿Por qué me persigues a hurtadillas? ¿A qué se debe todo esto?

El perro gruñó aún más fuerte.

-Quería invitarte  ̶ , dijo sin pensarlo y sin quitar los ojos del animal. Su corazón latía más rápido y pensó: Gilipollas, ¿no se te podría haber ocurrido nada mejor?

Ella posó su delgada mano sobre la cabeza del perro. Eso lo apaciguó de inmediato. Ella guardó silencio. Luego de un largo rato, dijo:

̶  Mañana es mi día libre.

Él casi no podía creerlo. Súbitas oleadas de calor inundaban desde el estómago su cuerpo entero.

̶  ¿Qué vamos a hacer?

̶  Pues, me gusta ir al Prado. Si tú pagas la entrada…

̶  Por supuesto.

Espíritus, no. Demonios voladores por encima de un paisaje muy ilumiado. El perfil oscuro de un macho cabrío con hábito de fraile que presencia una noche de brujas. Una procesión de figuras andrajosas, perdidas en la infinita vastedad. Un gigante caníbal con el cabello desgreñado. Dos hombres dándose golpes a palos, sumergidos hasta las rodillas en arenas movedizas. La cúpula celestial repleta de luz en llamas.

Sinceramente, arte no era su especialidad. Conocía a Goya sólo de nombre y no era fácil de impresionar, y aún menos por ese tipo de cosas. Sin embargo, ella lo había traído aquí, a este lugar, delante de estos cuadros enigmáticos, cuya contemplación originaba un sentimiento inquietante, como si, entre las visiones absurdas del pintor y la realidad de Antonio mismo, hubiese un sutil barniz que se podría reventar en cualquier momento.

̶  Parece el último ser vivente del mundo, ¿cómo lo ves tú? ̶ , preguntó ella señalando el cuadro, donde no había nada más concreto para ver sino la cabeza de un perro que, desde una especie de terraplén, se asomaba al ardor del crepúsculo.

̶  ¿También le das de comer? ̶ , se hizo el tonto. Sus bromas nunca daban en el blanco y, logicamente, ella no se puso a reír.

̶  Me refiero a que… ¿qué piensas, que significa todo eso? ̶ , fue su nuevo intento.

̶  Al final, nadie lo sabe. Pero son hermosos, ¿no te parece?

̶  Más bien inquietantes  ̶ , dijo él.

̶  Si, también lo son. Se los denomina los cuadros negros. ̶  Titubeó. ̶  Me recuerdan mi lugar de origen. Como era antes de irme.

Él seguía sin comprender ni una palabra, pero no dijo nada, la dejó hablar.

̶  El cielo sobre el altiplano de Ayacucho. En Perú. Allí todo es más claro, radiante. Sin embargo, era el infierno. Al paisaje no le podías reconocer la pesadilla y nunca sabías, lo que iba a ocurrir en el próximo instante. En ningún lugar, te encontrabas a salvo. Entonces, uno se las aguanta y trata de no pensar en eso Se anda como bola sin manija, como ese perro allí.

̶  ¿Te fuiste por eso?

̶  En realidad, por Bertila, mi prima. ̶  Volvió a callar y él esperó.

̶  Sabes, tenía esa costumbre tonta de taparse la boca con la mano cuando reía. No quería que la gente vea sus dientes malogrados. Cuando cumplió quince años, hicieron una colecta de plata y la mandaron al dentista. Para una chica de donde vengo yo, cumplir quince años, es un gran acontecimiento, sabes.

Sonriendo insinuó unos pasitos de baile. La sonrisa era una luz tenue que cambiaba su cara por completo, pero instantánemante se volvió a apagar.

̶  Dos años más tarde, fuimos juntas a Lima y nos matriculamos en la Universidad. Siempre andábamos pegadas como chicle, ella y yo. Hasta que sucedió eso.

Al cabo de un rato, él preguntó: ̶  ¿Qué sucedió?

̶  Paramilitares. Se tomaron las residencias estudiantiles. Afuera, tuvimos que acostarnos en el suelo. Coman mierda, gritaban, terroristas de mierda. Y entonces, se llevaron a nueve estudiantes y a un profesor, salieron en carros de la ciudad para darles un tiro en la cabeza. Recién un año más tarde, los cadáveres fueron encontrados en la Quebrada Chavilca.

̶  ¿Pero para qué todo ese mogollón?¿Qué habían hecho? Me refiero a que…

̶  Nada. Se trataba de secar el pantano.

̶  ¿Qué pantano?

̶  Pues, lo que decían. Sendero Luminoso. Terroristas, guerilla. Según a quién le preguntes. ¿Sabes lo que realmente es chistoso? Bertila. Fue identificada por sus estúpidos puentes dentales. ̶  Su risa era amarga. ̶  ¿Y qué hace la familia? Vuelve a colectar plata, y me manda afuera, para aquí. Hasta hoy, creen que sigo estudiando. ¿Notas algo?

Él sacudió la cabeza.

̶  La gente pobre siempre apuesta al caballo equivocado.

El martes por la noche, le dijeron que Rosario dio parte de enferma. Él no se dio por vencido, recurrió a un par de mentiras, hasta que le dieron su domicilio.

En Lavapiés, las pequeñas tavernas que olían a pescado conformaban cálidas islas luminosas entre las entradas de las casas de barrio clausuradas con tablas y clavos. En un predio cubierto de escombros y matorrales, había una topadora con las fauces abiertas, augurando como lúgubre emisario el porvenir, que ni una piedra quedaría sobre la otra.

Finalmente, Antonio dio con lo que buscaba.

Era un complejo habitacional, sus balcones tenían rejas de hierro forjado. Graffitis y retazos de afiches cubrían la parte inferior del frente. Un arco formaba la entrada a un patio, donde, desde una ventana de la planta baja, se oía un televisor parloteando los resultados de la gala de un concurso, el reflejo de las imágenes centelleaba en los muros.

Mientras subía las escaleras, percibió ruidos opacos que provenían del edificio lleno de recovecos: voces, pasos, como tiraban de la cadena. Una vez, creyó escuchar un murmullo muy cerca de la puerta.

Al fin, alcanzó el último tramo, donde las puertas se enfilaban a lo largo del pasillo. La habitación de Rosario quedaba a mano derecha. La puerta cedió a sus golpecitos y él asomó la cabeza con cautela al interior. La muchacha yacía sobre la cama con brazos y piernas extendidas, flácidas, la cabeza de un lado, febril.

̶  Siempre me persigues a hurtadillas  ̶ , constató.

̶  Rosario, sólo quería ver qué tal estabas.

Ella tosió. Cuando volvió a cobrar el aliento, dijo:

̶  Si apenas me conoces. En realidad, ni siquiera me llamo así.

Luego de una pausa, dijo con serenidad:

̶  Puedes llamarme como quieras, eso es cosa tuya.

Su respiración se fue calmando. Cerró los ojos. Cuando él pensó que se había dormido, los volvió a abrir.

̶  Rosario, así se llamaba la hija de Goya. Aún era muy pequeña cuando pintó los cuadros negros. Ella lo debe haber visto mientras trabajaba.

̶  Mejor le hubiera pintado flores y mariposas  ̶ , dijo Antonio sentándose al borde de la cama.

̶  No  ̶ , dijo ella, ̶  a los niños no les sirve de nada, si uno les vende gato por liebre. Poco después, tuvieron que huir. La inquisición ya les pisaba los talones. Goya murió en Francia.

̶  ¿Y Rosario?

̶  Ella volvió tan pronto mejoró la situación. Como pintora. Llegó a dar clases en palacio. Siempre me gustó la idea. Es un buen final para la historia.

̶  ¿Y qué pasará contigo? ¿Vas a volver?

Ella fijó la mirada en las grietas del techo de la habitación.

̶  No sé. Hace tiempo, cuando llegué, fue dificil. Me sentía como en un callejón sin salida.  De repente, todo parecía equivocado y enredado.

̶  Comprendo.

De pronto, vio delante suyo a sus padres en su primer día de escuela, sus rostros tiesos entre tantos alemanes bulliciosos.

̶  Pero ahora, me las arreglo bastante bien aquí. Sólo el hilo rojo, que me podría volver a conducir hacia la salida, es que no consigo cogerlo. Ni que pensar en el dinero.

Ella se irguió para sentarse y su mano acarició su mejilla.

̶  Pero, dado el caso que volviera…

̶  ¿Si?

̶  ¿Le darías de comer al perro por mí? ̶  Ella sonreía. Y ahí volvió a estar, ese tenue brillo que iluminaba su semblante.

Él asintió. Le hubiera prometido todo.

̶  Bueno, ̶  dijo ella.

Él vio como su cara demacrada se le acercaba y su oscura mirada comenzó a borrarse ante él. Recién cuando sintió, mientras ella lo besaba, cerró los ojos.

Traducción de Juana Burghardt

Landleben

„Ha, Bauer, dass ich nicht lach! Bloß Silos, Förderbänder und fährt den ganzen Tag mit dem Gabelstapler auf dem Hof rum. Fabrikbesitzer sind das, der und die Frau. Die Rindviecher das ganze Jahr im Stall, Schwänze anbunden, den Kopf im Trog. Nicht wie der Leibsele und seine Karla früher. Krummgschafft hat die Karla sich. Jede Henne hat bei ihr einen Namen gehabt, einer schöner als der andere. Sind so schnell grau geworden, ihre schönen blonden Haar. Ein Unglück wars, dass sie hat keine Kinder kriegen können. Kein schönes Leben hab ich ihr gemacht, der Karla. Krank geworden ist sie am End und still. Aber wo sie die Rindviecher hat hergeben müssen, da hat sie Rotz und Wasser g´heult.“

(Leibseles letzter Sommer. In: Wege auf dem Land. Neue Geschichten und Gedichte aus Baden-Württemberg. Silberburg-Verlag, Tübingen, 2007)

Der Wiedergänger

Als ich ausstieg, erhob sich ein Taubenschwarm von den Dächern der beiden alten Lagerhäuser und schrieb ein luftiges Y in den honigfarbenen Morgenhimmel. Graffiti bedeckten alle erreichbaren Mauerflächen der Backsteinblöcke. In den Fensterhöhlen steckten die Reste eingeschlagener Scheiben wie schiefe Zähne.

Ich zögerte, zwängte mich aber dann doch durch das spaltbreit offenstehende Eingangstor und ging die Auffahrt hinauf. Den Wohnwagen sah ich erst, als es zum Umkehren zu spät war. Der Alleinunterhalter hatte mich gesehen. Er saß rauchend in der offenen Tür, die Füße auf einem Trittschemel.

„Morgen. Kaffee?“

Ich nickte.

„Brötchen dazu?“

Ich schüttelte den Kopf.

Während er drinnen war, sah ich mich um. Das Gelände neben dem Wohnwagen war von rostigen Bahngleisen durchfächert. Zwischen den Schwellen blühte Johanniskraut. Dahinter zitterte die Luft über der leeren, geteerten Fläche, die sich bis zum Rand der Auen erstreckte.

Tauben trippelten hoch über mir die Dachkanten entlang, ruckten mit den Köpfen und gurrten.

„Die warten.“ Er reichte mir eine dampfende Tasse.

„Worauf?“

Er zuckte mit den Schultern.

„Ich weiß nicht, wer das Kommando gibt. Sie fliegen plötzlich los. Wenn du morgens die Tür aufmachst und sie fliegen quer über das Asphaltfeld… Das ist klasse.“

Später nahm er mich in die Lagerhäuser mit und zeigte mir ihre Nester, armselige Haufen von Kot und Unrat auf Simsen, hinter alten Brettern und verschimmelten Kartonagen. Die Tauben flogen ein und aus ohne sich von uns stören zu lassen, haarscharf an den Bruchkanten des Fensterglases vorbei.

Die Küken waren mehr schlecht als recht von gelbem Flaum bedeckt, hatten zu große Schnäbel und schuppige Federstoppeln, die nach und nach durch die Haut brachen. Wenn sie in Erwartung des Futters die Schnäbel aufrissen, konnte man sehen, wie wild entschlossen sie waren, sich nichts entgehen zu lassen.

„Die scheißen alles zu. Außerdem sind sie voller Ungeziefer. Zecken. Federlinge. Milben.“

Ich mochte sie trotzdem.

Aus: Der Wiedergänger. Erzählung. In: Anke Laufer –  Die Irritation. Erscheint demnächst im worthandel : verlag, Dresden

Skorpione, indigoblau

a.l.,2011

Die Augen der Frau haben sich geweitet. Eine Haarsträhne fällt ihr ins Gesicht und sie schiebt sie mit einer brüsken Bewegung hinter ihr rechtes Ohr. Ihre Hand zittert dabei. Man kann eine eingerissene Stelle an ihrem Daumennagel erkennen.

„Also verlegte er unseren Wohnsitz hangaufwärts, in eines der wohlhabenden Außenviertel. Hohe Mauern, Wachpersonal, Hundegebell. Beste Wohnlage, siehst du, sagte er, eine Stange Geld jeden Monat, aber wenn du so zufriedener bist. Er lächelte und sagte: Sogar mit Garten, sieh mal, jetzt hast du einen Garten. Du könntest Blumen pflanzen, es dir richtig nett machen, Nachbarinnen einladen. Ja, sagte ich zu ihm, tatsächlich? Der Garten also. Weißt du eigentlich, dass es dort Skorpione gibt? Aber er, er schüttelte nur den Kopf. Nein, er hielt mich nicht für verrückt, er wollte nur, dass ich aufhörte, Schwierigkeiten zu machen. Tags darauf kam er nach Hause, in aufgeräumter Stimmung. Er hatte sich erkundigt. Liebling, es gibt keine Skorpione in diesem Teil des Landes, sagte er, nachweislich. Und schon gar keine blauen. Und ich sagte: Das ist typisch. Du lügst dir die Welt zurecht. Sie sind da, verstehst du, sie laufen auf der Terrasse herum. Tag für Tag. Wo sind sie, fragte er. Ich sagte: Sie kommen heraus, wenn ich allein bin, es muss ein Nest geben, da draußen, wahrscheinlich verstecken sie sich unter den Bodenplatten. Er glaubte mir nicht, natürlich nicht, warum auch. Also versuchte ich, sie auszusperren. Ich stopfte Tücher in die Belüftungsschlitze, schloss mich im Schlafzimmer ein und ließ die Jalousien herunter, lag auf dem Bett und schrieb. Ich schrieb irgendetwas. Nichts, auf das man hätte stolz sein können. Erst hörte er auf mit mir zu streiten, dann redete er gar nicht mehr mit mir. Er hat sich nicht einmal mehr aufgeregt, als meine Regel ausblieb. Er nahm es hin. Nein, bevor Sie fragen: Ich habe mich auch nicht gefreut.“

Aus: Skorpione, indigoblau. Erzählung.

Erscheint demnächst in: Die Irritation. worthandel : verlag, Dresden.

Bereits vorbestellbar – beim Verlag oder in jeder Buchhandlung, z.B.

http://www.amazon.de/Die-Irritation-Anke-Laufer/dp/3935259301/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1333088496&sr=8-1

„Die Irritation“ – Neuerscheinung im Mai 2012

Ein Ingenieur, der in einem leeren Fabrikgebäude haust
und dem Geist eines toten Kollegen begegnet.
Eine Frau, die ihr jüngeres Selbst von Bord einer
Kanalfähre wirft. Ein Wissenschaftler, dem
ein ausgestorbener Vogel erscheint.
Ein Handlungsreisender, der an sein dunkelstes
Geheimnis erinnert wird. Ein junger Mann, der auf einem
stillgelegten Spielplatz ein kleines Mädchen beobachtet…

Anke Laufers 21 Stories – jede für sich ein kleines Universum – handeln von Liebe, Tod und dem Einbruch des Unergründlichen und Verstörenden in den Alltag. Atmosphärisch dicht und ungeheuer spannend sind diese Geschichten, ob sie den Leser in ein englisches Seebad entführen, in ein süddeutsches Dorf, in die Straßen von Madrid oder in eine fiktive südamerikanische Großstadt, ob sie aus der scheinbar wohlvertrauten Gegenwart berichten oder uns die gar nicht so weit entfernte, deshalb aber umso unheimlicher erscheinende Zukunft vor Augen führen.
Aus der klaren und präzisen Sprache dieser Autorin schlägt kaltes Feuer: Ihre Stories sind voller Abgründe, Unterströmungen und Andeutungen, die weit über das tatsächlich Erzählte hinausweisen. Vielleicht wahren sie ja gerade deshalb am Ende ihr Geheimnis, das im Leser mit Sicherheit lange nachklingen wird.

„Es gelingt Anke Laufer auf wenigen Seite den Schuldzusammenhang alles Lebendigen vor uns erstehen zu lassen und eine Welt zu gestalten, die wir sehen und hören, riechen und schmecken können, in der kein Wort zuviel ist und ein jegliches am richtigen Ort.“    Manfred Papst, Ressortleiter Kultur, Neue Zürcher Zeitung am Sonntag.

Der  Band enthält u.a. die in den vergangenen fünf Jahren mit Preisen bedachten Kurzgeschichten und Erzählungen, wie zum Beispiel „Am Klippenrand“ (Würth-Literaturpreis 2011), Schallmeyers Klarsicht (Irseer Pegasus, 2010 und Nordhessischer Autorenpreis 2009), Chinakladden (Schwäbischer Literaturpreis 2009, Literaturpreis Buchmesse im Ried 2010) sowie „Der Papiervater“ (Schwäbischer Literaturpreis 2007)

worthandel : verlag  – Dresden. Klappenbroschur. Umschlaggestaltung nach einem Entwurf der Autorin unter Verwendung einer Arbeit des Street-Art-Künstlers STINKFISH, www.stink.tk, http://www.flickr.com/photos/stinkfishate/6996596770/   Bogotá, Kolumbien.

Herausgegeben von Keydel, Enrico
Verlag : worthandel
ISBN : 978-3-935259-30-9
Einband : Paperback
Preisinfo : 16,90 Eur[D] / 17,40 Eur[A]

Alle Preisangaben in CHF (Schweizer Franken) sind unverbindliche Preisempfehlungen.
Legende: UVP = unverbindliche Preisempfehlung, iVb = in Vorbereitung. Alle Preisangaben inkl. MwSt
Seiten/Umfang : ca. 298 S. – 21,0 x 13,0 cm
Produktform : B: Einband – flex.(Paperback)
Erscheinungsdatum : 1. Aufl. 12.05.2012
Gewicht : 384 g
http://www.worthandel.de/irritation


Stelldichein der Schemen

a.l.,2010

“Wer ist Gruber?” fragt Nelly, als sie am nächsten Tag den Rollstuhl mit der alten Frau  vor sich her in den Wintergarten schiebt. Keine Antwort. Sie stellt den Rollstuhl an Ednas Lieblingsplatz und zieht für sich selbst einen der Korbstühle heran.

“Wer also ist Gruber?” fragt sie noch einmal.

Edna starrt durch sie hindurch. Nelly fragt sich einmal mehr, ob sie ihre Frage nicht verstanden hat oder nicht hören will.

“Da ist ein Dachreiter auf dem Haus”, sagt Edna plötzlich, “Ein Indianer. Er zielt mit Pfeil und Bogen auf das Meer hinaus.”

“Auf dem Dach des Hauses mit dem Namen Laterna Magica?”

Edna nickt. “Mein Bruder nennt ihn Winnetou.”

“Das Haus lag also am Meer?”

“Oh – ja, natürlich!” Edna hat etwas Wesentliches wiedergefunden. “Immer habe ich Sand zwischen den Zehen. Es sind unsere Ferien. Neunzehnhunderteinundzwanzig.”

“Und Gruber?”

Edna schlägt mit der flachen Hand auf die Armlehne des Rollstuhls. “Er lässt mich nicht in Ruhe”, sagt sie. “Er kann einfach keine Ruhe geben. So wie die Zwillinge. Genau wie die Zwillinge.”

“Waren die Zwillinge auch dort, in diesem Haus?”

Edna kneift die Augen zusammen.

“Die Zwillinge sitzen im Speisesaal am Nebentisch. Sie schmatzen. Sie furzen sogar. Ich habe mich beschwert.”

Edna isst jetzt allein zu Mittag, weil sie das so will. Ein Plastiktablett liegt vor ihr auf dem Tisch, darauf unterschiedlich geformte Schälchen. Das Plastikförmchen mit dem Fischfilet ist groß und rechteckig, das mit dem Brokkoli-Möhren-Gemüse klein und rund, das mit dem Reis quadratisch.

“Alles hübsch angerichtet”, bemerkt Nelly, aber Edna wirft dem Tablett einen abschätzigen Blick zu, greift dann nach dem nierenförmigen Puddingschälchen und dem Dessertlöffel. Der Pudding ist rosa und gelb, Erdbeere und Vanille. Edna isst langsam. Ihre Hand zittert. Vanillepudding bleibt ihr im Mundwinkel hängen. Nelly wendet den Blick ab, steht auf und sagt, sie werde sich einen Kaffee holen. Edna antwortet nicht.

Draußen, auf dem Flur, riecht es schwach nach Urin, Pfefferminzpastillen und Allesreiniger. Nelly lässt sich den Weg zum Kaffeeautomaten erklären, verläuft sich aber anschließend doch, weil jeder der Flure wie der andere aussieht. Schließlich findet sie den Automaten in einem dämmrigen Nebenraum, wo auch eine Voliere untergebracht ist. Kanarienvögel fliegen umher, picken Körner auf, wetzen die Schnäbel an den Sitzstangen. Zwei alte  Frauen, einander verblüffend ähnlich, sitzen dicht vor dem Gitter. Ein einzelner Vogel beginnt zu singen.

“Das ist Caruso. Dort oben, auf dem Ast, beim Pickstein.”

“Nein, du irrst dich. Das ist Pavarotti.”

“Unsinn! Ich werde doch unseren Caruso erkennen.”

“Ich sage dir, das ist nicht Caruso. Carusos Gesang ist viel eleganter.”

Die gleichen, dunkelblauen Strickkleider, derselbe Lippenstift, zwei karmesinrote Münder in den schlaffen, weißen Gesichtern. Das also sind sie, die Zwillinge, denkt Nelly.

“Guten Tag, meine Liebe”, sagt eine der beiden.

“Sie sind es also”, sagt die andere. “Die Schriftstellerin.”

Nelly nickt.

“Hat sie es Ihnen schon gesagt?”

“Was denn?”

“Wann Sie an der Reihe sind.”

“An der Reihe?”

“Man sagt, sie weiß, wer von uns als nächstes an der Reihe ist”, sagt eine der beiden.

“Oh, ja, das weiß sie, ganz gewiss”, fügt die andere eifrig hinzu, “Sie kennt sich aus mit den Toten.”a.l., 2009

Aus: Stelldichein der Schemen. Erzählung. Erscheint Ende April 2012 in: Anke Laufer: „Die Irritation“ worthandel : verlag, Dresden. Bereits vorbestellbar!